25 de mayo

Eleva

Un 25 de mayo más en el que nuestra historia, siempre contada por el patriarcado, invisibiliza el papel de las mujeres en la Revolución de Mayo: según su visión, si las mujeres hicieron  algo, evidentemente fueron cosas prescindibles.

A esas mujeres, nacidas en una época en la  que necesitaban la autorización de sus padres para poder casarse o instruirse, y luego de sus esposos para participar en la vida pública, a las que la sociedad les reservaba sólo el papel de cumplir con las tareas de la vida privada, hijas de la “ideología de la domesticidad”, la historia, si las menciona, las evoca como  “la madre de..” “la esposa de …” o “”la amante de …”. 

Es el caso, por ejemplo, de María Ana Perichon de Vandeuil, una de las figuras con importante poder político en la Reconquista de 1806. Cuando algún registro histórico les rinde homenaje, lo hace en forma sesgada y banal, mediada y tamizada de subjetividad masculina. De María de Todos los Santos Sanchez, pocos destacan la acción legal que puso en marcha para poder casarse con quien ella había elegido, y que la convirtió en una de las principales referentas de la disputa por los derechos de las mujeres -entre otros a decidir sobre sí mismas, y a acceder a cargos públicos-. Una mujer que abrió las puertas de su casa  a las personalidades de la época y participaba activamente en los distintos debates sobre las problemáticas del momento.

No fue la única que tomó la palabra, participó en reuniones,  aconsejó a su marido, o esgrimió posiciones y accionó en conjunto con otras mujeres. María Guadalupe Cuenca tenía una clara y estratégica visión de las ambiciones que enfrentaban a los principales referentes de la Revolución de Mayo. Ella discutía estrategias, juntaba dinero de herencias y dotes, organizaba actividades sociales lucrativas, y prestaba su casa para reuniones clandestinas.

Casilda Igarzabal fue un poco más allá. Reunió a una de las primeras sociedades secretas de la emancipación americana, el “partido de la Independencia”. Junto con otras mujeres que lo integraban habló de manera directa con Saavedra  instándole a unirse a otros rebeldes en su quinta. Allí se planeó el Cabildo abierto del 22 de mayo.

La lucha por la independencia movilizó a mujeres de todas las clases sociales. Los métodos de participación de estas valientes y sacrificadas  mujeres  fueron fundamentales, y entretanto también se ocuparon de mantener la vida cotidiana: haciéndose cargo de las estancias familiares, de los comercios, de los negocios. Algunas participaron directamente en el campo de batalla, como  Juana Azurduy, quien descolló por sus dotes militares. También debemos recuperar las historias de Manuela Pedraza, apodada “La Tucumanesa”, quien combatió en las calles de Buenos Aires en 1806 contra los ingleses, recibiendo, a modo de reconocimiento, el grado de subteniente de infantería; de María Remedios del Valle, mujer afrodescendiente, racializada y empobrecida, que luchó y acompañó a las tropas, alimentando y socorriendo a los heridos. Estas acciones fueron reconocidas por Manuel Belgrano, quien la nombró Capitana.

Otras destacaron por la originalidad de sus estrategias de lucha, como Martina Céspedes, que invitaba a su pulpería a los ingleses, los hacía pasar de a uno, les ofrecía aguardiente  hasta dejarlos ebrios para luego tomarlos prisioneros. Liniers le otorgó el grado de Sargento Mayor.

Cientos de mujeres actuaron como espías y emisarias, valiéndose de su presunta debilidad para infiltrarse en el ejército enemigo. Juana Moro  seducía a los realistas para obtener información, María Loreto Sanchez Peón les vendía pan y pasteles, mientras tomaba nota del número de hombres alistados. Enviaba la información obtenida mediante mensajes ocultos con colaboración de mujeres del servicio doméstico de distintos militares.

Organizaron redes de información en las que actuaban como correos. Juana Gabriela Moro Aguirres se trasladaba a caballo espiando recursos y movimientos del enemigo y lideró junto a Loreto Sanchez Peón la red de espionaje femenina  conocida como  “Las Mujeres de la Independencia”. Fue apresada, torturada (la obligaban a cargar pesadas cadenas, para que delatara a los patriotas, algo que nunca hizo) y finalmente condenada a morir emparedada en su propia casa. Mujeres de una familia vecina horadaron la pared dándole agua y alimentos, lo que le permitió  sobrevivir.

Cientos de mujeres transportaron alimentos, ropa y material bélico, cocinaron, atendieron heridos, donaron sus joyas, dieron mucho o lo poco que tenían. María Eusebia Segovia, esclava, donó 1 peso fuerte y se ofreció para servicio de cocina; Juana Pavón donó 2 pesos fuertes, todo el dinero que tenía destinado “para vestir”.

Organizaron protestas, propagaron las ideas patriotas, fueron cientas, fueron anónimas. Fueron las primeras. Fueron audaces, fuertes, determinadas. 

Dieron el primero de muchos pasos que continuarán a través de generaciones: lograron que Manuel Belgrano nos emancipara y nos otorgara el derecho a la educación.

Fueron las pioneras en “mover el mundo”, en “mover la patria”. Fueron las que no tuvieron voz, que hoy les damos en este espacio.

Porque su lucha es nuestra: igualdad, identidad de género, libertad, educación.

Porque lucharon por sus derechos, que son hoy los nuestros.

Porque “ahora que si nos ven” queremos que sean valoradas.

Porque somos mujeres sindicalistas que recorremos el camino mirando y aprendiendo de los logros de todas las mujeres de nuestra historia. 

Porque somos mujeres sindicalistas invisibilizadas que soñamos que  cuando se escriba la historia de nuestro tiempo se diga que “el sindicalismo fue con nosotras”.

La Historia siempre fue con nosotras

¡Por una Matria libre, justa, soberana y feminista!