Docente de música en tiempos de pandemia

Carolina Del Bono - Foto: Reuters

Sucedió que un día dejamos de salir a la calle y aquella rutina que eufóricamente había arrancado en el mes de marzo en las escuelas para dar lugar a rondas, hojas de carpeta, teclados, placas, palmas, corazones dibujados para la pared de la sala de música quedaron prontamente en una pausa que prometía ser de una quincena.

La primera impresión no fue muy impactante, sencillamente aproveché a retomar el cuidado minucioso de las plantas de mi jardín y diseñar algunas actividades con soportes digitales para evitar que decaiga ese empujón de entusiasmo que aportan las primeras semanas de clases. 

Con el correr de los días y la actualización de las noticias acerca de la posibilidad de extender el período de aislamiento preventivo desde las escuelas empezaron a emerger exigencias fuera de contexto y las horas de trabajo levaban como pan casero. Empecé a vivir entre whatsapps a horas desorbitadas, mensajes con inflexiones de voz que rayaban con la violencia, exigencias de mis directoras como si yo tuviera dedicación exclusiva en una casa cohabitada con mis dos hijes adolescentes que empezaban a inquietarse por su cursada y su reciente despido laboral. 

El universo se volvió virtual y ninguna de las tres escuelas en las que trabajo posee conducciones actualizades en cuestiones digitales por lo que, para explicar cada propuesta tenía que mantener una reunión por alguna aplicación de videollamada, para que sepan qué haríamos desde el departamento de artes. Durante los dos primeros meses me resultó terriblemente difícil organizar tantos mails, tantas aulas, tres escuelas con tres conducciones y estilos diferentes más mi casa, mis hijes y nuestras subjetividades. 

Afortunadamente, existe también la posibilidad de construir en conjunto y las charlas con colegas fue apaciguando la angustia y nos fuimos dotando de estrategias para poder limitar el modo en que miran y exigen les directives de escuelas que, en su gran mayoría son normalistas, que no saben de la vida del profesor y la profesora curricular que para poder cobrar un sueldo mínimamente digno tiene cargos en diferentes escuelas, y en cada escuela muchos grados a cargo, en mi caso los 24 cursos que tengo, con aproximadamente 28 alumnos por curso. 

Nos sentimos a veces dentro del sistema educativo como las mujeres en una empresa conducida por hombres y en lo personal he aprendido mucho de la lucha feminista para poner en valor el trabajo de les docentes de artes, idiomas y educación física en las escuelas de esta ciudad. Aún tenemos mucha batalla que librar, en cuanto a lo pedagógico pareciera estar un poco más ordenado el asunto aunque lleva el doble de tiempo y cuesta que se cumpla el derecho a la desconexión.