Mujeres sindicalistas en pandemia: Cómo seguir rebelándonos y revelándonos aún en estos tiempos.

Eva Moretti, Sutepa La Plata -Imagen United Nations

Ser mujer sindicalista en este contexto de pandemia y aislamiento no es fácil. Como muchas otras compañeras, en estos años aprendí que toda lucha se hace en conjunto y en la calle.  Nada de lo que nos propongamos puede lograrse individualmente. Por eso este tiempo raro y convulso a nosotras nos duele tanto. Porque nos aleja un poco de todo eso por lo que tanto peleamos y nos deja nuevamente solas, atareadas, vulneradas y nuevamente encerradas en nuestros hogares con varios frentes de batallas abiertos. Nuevas preocupaciones, varias ansiedades, miles de insomnios. Listas enteras de cosas para hacer que se van superponiendo una y otra vez. Dicho de esta forma, los males parecen innumerables. Sin embargo, también en esta nueva posición en que nos puso el confinamiento podemos seguir afirmando y  visibilizando que no tenemos más miedo y que aún con tapabocas no nos callamos. 

Claro, la tarea no es fácil. En mi caso, esta situación me aleja de mi lugar de trabajo en términos físicos y también afectivos: la posibilidad de reunirme con amigas y compañeras en lo cotidiano. Extraño cruzarme con ellas en los pasillos para contarnos algo. Pienso en rondas de mates y complicidades. Tengo nostalgia de risas y abrazos. Y es que nos costó mucho encontrarnos. Porque como saben, los espacios laborales generalmente no permiten ningún entrecruzamiento. Hay que mantenerse activo, ser eficiente, cumplir con lo solicitado. Lo demás es puro conventillo, reuniones no autorizadas ni legitimadas. Pero nosotras como mujeres aprendimos lo que es rebelarnos ante las injusticias y revelarnos también en el sentido de mostrarnos. 

Nuestra historia colectiva comenzó casi con el inicio mismo de nuestro sindicato Sutepa, en la seccional La Plata. Si bien en un inicio no existía el espacio formalmente, desde nuestra propia organización decidimos conformar la llamada Comisión de Género y Diversidad. Y como no existía tampoco un lugar físico de reunión para nuestro sindicato en el edificio central donde trabajamos, menos aún estaba previsto un lugar específico para “reuniones de género”. Llevadas por nuestra motivación principal y guiadas por el pragmatismo que nos caracteriza, decidimos entonces sentarnos en un pasillo y ocupar ese espacio existente “entre” una oficina y la otra. Desde esa mínima porción de territorio laboral discutimos diferentes y planificamos actividades varias. Esa delgada línea, esa breve frontera sirvió durante más de dos años como nuestro frente de lucha y resistencia. Las posibilidades de estar y permanecer allí no abundaban por lo que debíamos ser precisas y directas. Pese a ello, construimos allí nuestro refugio donde pudimos abrazarnos. Desde este mismo amparo, nos cuidamos, protegimos y resguardamos cuando fue necesario. También nos movilizamos, dentro y fuera de las paredes en que trabajamos. Instalamos un lactario y deconstruimos el rol de la maternidad al hablar del LADO B. Armamos varias campañas para hacer referencia a la violencia machista, y la necesidad de contar con protocolos de acción ante situaciones de violencia por razones de género. También para discutir sobre Aborto Legal Seguro y Gratuito, sobre todo en el contexto de discusión de la Ley, analizando los argumentos de algunxs funcionarixs, con sus metáforas naturalistas y los anacronismos. Y para hablar de las diversidades y disidencias. Pensamos en la importancia de contar con Licencias de cuidado que reflejen todas las realidades laborales. 

Durante ese tiempo que pudimos aprovechar en medio de las actividades de cada área, la atención al público, los problemas diarios, y alguna que otra mirada crítica de compañeres y jefes, fueron surgiendo estas y otras movidas a las que le pusimos el cuerpo, la voz y el corazón. Nunca antes nadie había mencionado en nuestro ámbito laboral nada que tuviera que ver con estos temas. Para algunas compañeras del grupo este era el primer acercamiento a muchas de estas temáticas. Y para quienes formamos parte del gremio, significaba poder participar de las mismas desde lo sindical y ya no desde lo individual. Era la oportunidad de construir con otres, fundar cimientos en conjunto y pelear por lo que creemos es justo y necesario desde nuestro sindicalismo feminista, popular y regional. Así lo hicimos y así lo seguimos haciendo hoy, celebrando cada pequeña conquista.

Porque como mujeres – y debiéramos agregar, como disidencias- sabemos lo que es la desobediencia. En algún momento nos llega ese primer impulso. A veces más temprano; otras más tarde, surge una pequeña llama. Y esa llama se choca con otra. Y nos reunimos alrededor de ese fuego. Y somos varias. Nos transformamos en un pequeño grupo. Una hermosa red que se une a otras. Y tejemos lazos fuertes y valientes. Combatimos al patriarcado, dentro y fuera de nuestras casas. Denunciamos la violencia en todas sus expresiones. Proponemos cambios en nuestros trabajos. Pensamos entre todas. Y accionamos. Nuestra vida está llena de esos pequeños gestos en los que no nos conformamos con lo que está instituido. Y decimos por acá, debe haber algo más. Debe ser que me equivoqué de camino, de persona, de vida. Voy a buscar mejor por acá. Y vemos a otres que están como nosotres con la llama encendida queriendo decir “basta ya”: juntas, juntes, vivas, sin miedo, libres, trabajando, con derechos plenos nos queremos”. Y como en la utopía de Galeano seguimos adelante y ya no queda más que dar un paso, y luego otro, y otro más. Y en cada paso decimos acá estamos.

Hoy esta labor resulta más compleja. Los límites se han vuelto más difusos. Los tiempos y espacios aparecen superpuestos. Pero en esta adaptación que debimos hacer nos pusimos en línea para continuar con lo trabajado. Desde mi lugar, junto  a otras compañeras valiosas decidimos reorganizarnos para seguir caminando juntas. Nos sumamos a cursos y capacitaciones. Escribimos mensajes por chat en paralelo para transmitir una frase, un concepto mientras miramos la misma charla por separado para crear la ilusión que estamos juntas, que seguimos juntas la misma pantalla, que sentimos lo mismo  al mismo momento.  Nos encontramos en reuniones por telefóno y plataformas, incluso con algunas que están en otras ciudades y provincias. Y hacemos más federales los encuentros, como siempre debieron serlo sólo que entonces no nos podían juntar. Y es que si algo tiene de bueno el formato online es que si el aislamiento nos aleja, la tecnología nos abarca más. Si bien es cierto que después de todo un día de conectar y conectar, a veces no queremos saber nada más con la compu o el celular. Pero resistimos también a eso, y compartimos contenidos por WatsApp: textos, música y stickers que son las figuritas que completan divertidamente nuestro álbum feminista. Pese a los obstáculos, creo que es necesario que esos lazos se afirmen y extiendan lo más posible para que la pandemia no se lleve con ella lo logrado.  Todo eso lo sabemos y por eso aquí estamos. Una vez más aprendiendo a rebelarnos y revelarnos.